LAS PRIMERAS PALABRAS

mayo 28, 2014 - root - in category El Doctor lo dijo

Comments are off for this post.

primeras01

Una de las grandes alegrías de los padres es escuchar las primeras palabras de su guagua y no es para menos, ya que el lenguaje es la capacidad que más nos diferencia del resto de los mamíferos y más nos aproxima a la divinidad. Al principio era el verbo, señala el Evangelio.

Luego del balbuceo de los primeros meses, el niño de un año logra decir dos o tres palabras con significado, aparte de pa-pa o ma-ma. Esta capacidad para comunicarse, que culminará con la lectoescritura, tiene una larga preparación que se sustenta en la estimulación global que ha ido recibiendo el bebé desde antes de nacer, en el vientre materno, cuando la madre le habla o le canta arrumacos. Así, el niño aprende primero a imitar sonidos hasta lograr articular las felices primeras palabras. Por ello es tan importante hablarle y cantarle canciones de cuna al recién nacido y lactante menor, aunque él no entienda. Esta práctica recurrente, hecha con cariño, dará insospechados frutos.

Luego de las primeras palabras, rápidamente vienen muchas más. A los 18 meses el vocabulario de la guagua contará con unas 50 palabras con significado y a los 2 años con más de 200. Esto es en cuanto a expresión oral, pero la comprensión de palabras es siempre mucho mayor.

No todos los niños normales progresan igual. Incluso algunos vuelven a un período silente de un par de meses, para después ponerse al día con una explosión de palabras.

¿Y si la evolución no es tan feliz?

Si un niño de dos años no habla, tiene un retraso del habla o un retraso del lenguaje. En el primero sólo está afectado el nivel fonológico, mientras que en el retraso del lenguaje están todos los códigos comprometidos. Hacer esta distinción es muy importante, ya que en el primer caso se trata de un retraso simple, que responde rápidamente a la estimulación fonoaudiológica, mientras que el retraso secundario existe un trastorno mucho más complejo y el hecho de no hablar es sólo un síntoma más. Ayudará a orientarnos si hay compromiso de otros elementos del desarrollo. Así, averiguar si sostuvo o no la cabeza a los tres meses, si se sentó a los seis o 7 meses, si reaccionaba a su nombre a los 10 meses o al año era capaz de tomar objetos pequeños con una mano, pueden dirimir el estudio en uno u otro sentido. También debe llamarnos la atención que un niño de 18 meses no identifique objetos de uso habitual para él. Si existe atraso en éstos u otros ítems del desarrollo psicomotor, la tardanza del lenguaje escapa a lo fonoaudiológico puro, y es más grave; el niño pudo haber sido prematuro extremo, o existir el antecedente de una hospitalización prolongada, o presentar fallas cognitivas con mala coordinación entre el pensamiento / lenguaje y memoria / atención.

primeras02

La sordera o hipoacusia exige detenernos más porque puede llegar a afectar a 1 de cada 1.000 recién nacidos, que tienen la potencialidad para desarrollar una inteligencia normal y porque cada vez existen audífonos más sensibles y compactos, a la vez que las técnicas de implante coclear son cada vez más promisorias. Hay que tener presente que la hipoacusia, que puede ser total o parcial, ya está presente al nacimiento en casi el 80% de los casos y más del 90% de los niños hipoacúsicos nacen en familias sin ningún antecedente. Por ello es imprescindible hacer el diagnóstico lo más precoz posible y se ha establecido como examen de rutina a los recién nacidos las emisiones otoacústicas (EOA). Las emisiones consisten en una sencillísima prueba que mide si reacciona la membrana del tímpano a ciertos ecos predefinidos de diferentes frecuencias sonoras. Si las EOA resultan alteradas se efectúan los potenciales auditivos evocados, examen más complejo y especializado que evalúa la respuesta eléctrica del cerebro al sonido. Esta prueba que da el diagnóstico definitivo. Si a un niño no se le trata la sordera, sufrirá consecuencias graves, que podrían ser evitables, como lenguaje de avance muy lento o inexistente; escasa capacidad de concentración; dificultad para relacionarse; baja autoestima; y, finalmente, retraso escolar en el más amplio sentido de la frase.